jueves, 4 de diciembre de 2008

BREVE HISTORIA DE LA DEVOCIÓN AL DIVINO NIÑO JESÚS

En 1914 estaban construyendo los Padres Salesianos el Templo de San Roque, Barranquilla (Colombia). Los habitantes de los alrededores eran pobres, pero había que ir por toda la ciudad a pedir ayuda. El Padre Superior Briata, le dijo al Padre Juan del Rizzo: "Usted se va hacia el oriente y yo hacia occidente a pedir de casa en casa, a ver que recogemos para el templo". "Ay Padre", le dijo asustado el Padre Juan. "Póngame cualquier otro oficio, menos éste de pedir limosna, ¡porque me muero de vergüenza!"
Pero el director le dijo: "Mi buen amigo, a nuestro Fundador Don Bosco también le daba vergüenza salir a pedir limosnas, pero por el reino de los Dios hay que negarse uno así mismo. Tenemos un Amo en el cielo al cual nunca se le trabaja gratis. Mientras más nos cuesta lo que hacemos por Dios, mayor será la paga. Ánimo, pues, y a pedir…” Y se fueron a pedir limosnas. Pero al Padre Juan se le quedaban las palabras debajo de la lengua cuando iba a pedir limosna y regreso sin nada, porque no se atrevió a pedir nada.
El Superior lo regaño amablemente, y le dijo que al día siguiente cambiarían de sitio de visita. Briata iría hacia oriente y el Padre Juan a occidente.  Del disgusto y del susto se le indigestó el almuerzo.

Por la mañana, antes de salir de casa se fue a hacer una visita a Jesús Sacramentado en el templo y se arrodilló ante la imagen de María Auxiliadora para encomendarse. Levantó los ojos y al ver al Niño Jesús que estaba en brazos de la Virgen Santísima, con sus bracitos abiertos como queriéndole decir: “Llévame contigo, que quiero acompañarte en tu viaje”.

El Padre Juan narró así: “Me dije: Hasta ahora solamente le he pedido favores a la Mamá que es muy poderosa y me ayuda muchísimo, sin embargo es una criatura. ¿Por qué no hago el ensayo de dedicarme a pedirle al Hijito que es de Dios? Y le encomendé al Niño Jesús con toda mi alma esta salida que iba a hacer a “limosnear”. Sentí como una oleada de valor por todo mi espíritu y me fui a la calle”.

El Padre Juan regreso muy contento a la casa salesiana y le mostró al Director lo que había recogido, y era tres veces más de lo que el Superior había logrado recoger toda la mañana.
Muchos años más tarde el Padre Juan dijo: “encontré un gusto tan especial en pedir a la gente para las obras de Dios, que necesito tener siempre entre manos alguna obra en construcción o alguna beneficencia, para poder pedir a las gentes porque sin pedir no me siento contento”.

Aquella mañana había empezado su “enamoramiento” por el Divino Niño Jesús y que fue creciendo año por año. Por Él trabajaba, de Él hablaba, por su devoción gasta todas sus energías y todo el dinero que recoge. Si ayudaba a los niños pobres es porque en cada uno de ellos quería honrar al Divino Niño Jesús que ha prometido: “Todo lo que haces a los demás, aunque sea al más humilde, a Mí me lo haces”. Y el Niño Jesús se encarga de enviar una lluvia de milagros. “Las manos del Divino Niño son unos explosivos de milagros. Basta tocarlas con la oración y la fe, y se vuelcan sobre nosotros sus prodigios”, era lo que enseñaba y constataba día por día el Padre Juan. Y siempre recordaba las palabras que escuchó una santa: “Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia, y tu oración será escuchada”.


En el año 1927 fue trasladado a Medellín, donde también difundió por tres años la devoción al Niño Jesús, y la imagen que lo acompañaba era la del Niño Jesús de Praga. Pero había una asociación que no permitía ninguna propaganda. El Padre Juan no se desanimó y recordaba las divinas palabras "Todo lo que quieras pedir,pídelo por los méritos de mi infancia, y serás escuchado". Y aprovechando que el Papa decreta para todo el mundo la fiesta de Cristo Rey, el Padre Juan empieza a llamar al Niño Jesús "El Divino Principito", pero la iglesia no reconoció este nuevo título.

En 1935, el Padre Juan fue trasladado al sur de Bogotá, al barrio 20 de Julio. En ese lugar los salesianos tenían un terreno despoblado para campos de deportes y la misa se celebraba en un sencillo cobertizo. El Padre Juan fue a un almacén religioso de la ciudad y pidió la imagen del Niño Jesús. Le presentaron una imagen del Niño Jesús con una cruz, pero pidió que le quiten la cruz para que pueda comprarlo. Y así fue que se llevo la imagen del Niño Jesús.

Es una imagen muy hermosa, con sus brazos abiertos recibiendo a todos y con sonrisa imborrable de eterna amistad. Alrededor de la imagen se han obrado y se siguen obran muchos favores y milagros. El Padre Juan sacó muchas fotografías a la imagen del Niño Jesús y mandó imprimir estampas y las difundió por toda la ciudad, el país y hasta el exterior.

Todos los domingos en las misas narraba los milagros que el Niño Jesús hacia a sus devotos. Fue entonces que de todas partes de la ciudad llegaban a rezarle al Niño Jesús. El el gobierno prolongó la línea de buses hasta el barrio 20 de Julio, y cada domingo los buses llegaban repletos de fieles.

Un 25 de diciembre de 1937 se bendijo la primera piedra para el Templo al Niño Jesús, pero el Padre Juan quería un templo grande y majestuoso, a pesar que sus superiores no se atrevieron a construir en un lugar pobre y despoblado. Sin embargo, entre los años de 1989 a 1992, los padres salesianos y los devotos del Niño Jesús, construyeron el templo actual. El 27 de julio de 1942 fue consagrado el Nuevo Templo del Niño Jesús en Bogotá, y  después de la misa, el Divino Infante era llevado en andas, con su túnica rosada, su ceñidor azul, con sus brazos abiertos y junto a sus pies tenia el lema: "YO REINARÉ".